Crónicas de la discapacidad: La otra cara de la moneda


Me sentía muy nerviosa con la publicación del artículo anterior, porque exponía al mundo parte de mi vida privada. Sin embargo, me atreví con el pensamiento de que solamente mis padres lo leerían cuando les pasara el link de la revista. Para mi sorpresa, resultó que la gente sí lee, sí tiene un buen sentido del humor y sí disfruta de las desgracias ajenas. Y por eso, esta vez no les daré el gusto de reírse de mí. Vamos con algo un poco diferente.

A pesar de que la mayor parte del tiempo topamos con gente que nos va a hacer daño en vez de ofrecernos algo positivo a nuestra vida, las excepciones siempre aparecen. Él estudiaba medicina (estudia, mi pequeño sigue luchando) y yo derecho. Era un año menor, lo cual me hacía verlo con unos ojos de ternura como si fuese la asalta cuna más grande de la vida. Ya saben: a los hombres ya les cuesta madurar, y ¡va uno a meterse con menores!

Estábamos en esa etapa de “tanteo de terreno”. ¡Cómo nos hemos complicado la vida romántica! En la época de mis padres, si se gustaban, pedían la entrada en la casa y listo, se empezaban a conocer siendo novios. Ahora le he tenido que hacer un croquis a mi mamá de cuáles son las etapas de una relación y cómo funciona cada una. Orgullosamente puedo decir que ya sabe detectar quiénes ligan, quiénes andan y quiénes ya están amarrados. Lo buena estudiante lo sacó de mí.

Volviendo a mi pequeño y yo, él tenía un equipo de futbol, con el cual se reunían todos los fines de semana para retos. Como buen ligue, me gustaba ir a verlo jugar y hacer de porrista. Al conocer a sus compañeros, uno de ellos empieza a ser un poco más “jiji” de la cuenta conmigo. Lo cual me saca del estadio porque entre mujeres, eso de mantenerse alejada del ganado de la otra, es uno de los principios básicos de amistad. Pero como los hombres a veces parece que están compitiendo por coleccionar postalitas para llenar un álbum, no pareció ser de gran importancia que ambos participaran en la misma carrera.

A pesar de lo anterior, mi moral no me dejaba tranquila. En mi cabeza pensaba que debía informarle a mi pequeño que su “amigo”, mayor que él, parecía que intentaba robarle el mandado. Pero, ¿y si me lo estaba imaginando? O peor, ¿si no le importaba? Sí, era demasiado buena y novata, lo sé. Pero bueno, el punto es que, a como hay que dejar que el karma haga lo suyo, el universo también se encarga de alivianarle el camino a uno.

Resultó ser que en una de sus conversaciones de macho alfa lomo plateado, salió mi persona a ser tema de conversación. Y ahí fue donde el “amigo” de mi pequeño salió a lucirse. Dijo, y cito sus palabras, “Mae sí, yo me la estaba ligando y todo, pero esa vara de las muletas sí que no promete, que pereza”. Amigo, tenés toda la razón, en ese momento mis muletas eran muy simples. Ahora tengo unas nuevas que tienen pito y luz. ¡Ahora sí que prometen!

Y aquí es donde se les tiene que derretir el corazón. Lo anterior ya es como escuchar un disco rayado, siempre la misma hablada. En el momento de que el amiguito externó sus sentimientos, mi pequeño (juro que es lo más divino que hay en este mundo) se levantó y dijo: “Que dicha que eso te molesta, porque ella está conmigo y yo sí que no tengo ningún problema.” Pueden imaginarse mi cara de tonta a la que se le derritieron los helados. Desde allí, tuvimos una de las relaciones más genuinamente lindas que pueden imaginarse.

En mi familia, a esto le llamaríamos una “culiolada” y se las cuento, porque como las monedas, todo tiene dos caras. Sí, nos toca muy difícil a nosotros “los discapacitados”, pero eso no nos exime de tener experiencias verdaderamente hermosas y rodearnos de gente que vale la pena, porque ven más allá. No permitan que nos encierren en esa caja de “pobrecitos”, ni mucho menos nos auto saboteemos con pensamientos de que “nadie nos va querer por cómo somos”. Porque los límites, nos los ponemos nosotros.

¡Amo leer sobre este tipo de historias, así que feliz de la vida recibiría las suyas!

Maripaz de La Torre

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