Crónicas de la discapacidad: Una cita inesperada


Desde pequeña, mi madre siempre intentó hacerme sentir lo más “normal” posible con mi discapacidad. Pongo normal entre comillas porque nunca entenderé qué hay de anormal en un par de muletas, no es como que tengo tres cabezas. Una de sus formas de prepararme para la vida, fue desarrollarme un gran sentido del humor, aprendiendo a reírme de mí misma y todo lo que implicaba usar muletas y órtesis. No fue hasta que empecé la vida romántica que agradecí tanto ese entrenamiento, porque gente, de verdad que no estamos preparados para lidiar con tanto mortal.

Creo que todos tenemos esas historias embarazosas, citas que no entendemos cómo tantas cosas pueden salir imperfectamente; o eso me digo a mi misma, para no sentirme tan mal. Pero me enfocaré solamente en contarles las desgracias amorosas que tuvieron que ver estrictamente en cómo el mundo percibe mi discapacidad. Porque siempre es mejor burlarse de uno mismo con los demás, que dejar a los demás hacerlo solos.

Una de las cosas que más disfruto de relacionarme con personas de perfecta salud física, es que nosotros los intimidamos, les provocamos gran curiosidad, como animalitos de circo. Se les nota el miedo que tienen de preguntar qué tenemos, cómo nos pasó, hasta cómo funcionamos. Creyendo que es un tema súper tabú del cual no nos gusta hablar. Si supieran que el discurso me lo sé al derecho y al revés porque en cada cita médica tengo que recitarlo, (doctors can’t get enough of it)*. Y ese momento, cuando les surge alguna duda sobre la discapacidad, he podido observar como empiezan a tartamudear, buscan otro tema o simplemente se quedan mudos; porque en casa no les enseñaron de diversidad.

En una de esas situaciones me encontraba yo, en mi primera cita con un muchacho, par de años mayor. Y yo, siendo una pollita en su primer año de universidad. Lo había conocido por medio de interacciones de Twitter; porque los dating apps son muy ordinarios para mi. ¡Ja! Vale mencionar que desde antes de la cita, ya el susodicho había sido previamente informado de “mi situación”.

Estábamos en ese punto de la cita donde nos preguntábamos cosas banales uno del otro, “qué te gusta hacer”, “qué te gusta comer”; cuando veo esa mirada llena de temor y curiosidad. Supe en ese instante que se aproximaba la pregunta del millón, “¿y a vos, qué te pasó?”. Reitero, estos son mis momentos favoritos, porque nos otorgan un poder sobre ellos, no saben lo que les espera. Depende de mi humor, me gusta bromear y responderles con un “me parece que eso es algo muy personal, no me gusta hablar del tema”, para luego rematar con una lágrima, porque nunca se es suficientemente dramática. Pero ya eso es para alimentar mi humor negro, espero ustedes estén acumulando mejor karma.

Ahora bien, ese día me sentía muy buena persona, así que con mucha naturalidad le expliqué todo el caso de la mala praxis y el porqué no tengo suficiente fuerza en mis piernas como para que caminen por si solas. ¡Malditas vagabundas! Después de que uno cuenta su historia, usualmente hay dos reacciones; la primera es poner una cara de perrito atropellado y pedirnos disculpas como si les estuviésemos pretendiendo que nos reviertan y nos doten de piernas de atletas. No "honey", no me tengas lástima. O la más natural, es asentir con la cabeza y cambiar el tema. Me agradan los que rompen la tradición y se interesan y empiezan a preguntar más sobre el tema, pero esos tesoros son raros de encontrar.

En mi no muy amplia experiencia en la vida de las citas románticas, nunca me había tocado salir con alguien que me sorprendiera con su reacción ante la explicación de mi expediente médico. Al terminar de contarle lo acontecido, su respuesta fue “ya veo, yo conozco un mae que perdió una pierna, entonces te entiendo”. Anonadada quedé. ¡Qué capacidad de empatía tenés que manejarte para entender que se siente andar por la vida con muletas porque en algún momento le hablaste con alguien con una discapacidad! ¡La madre teresa se quedó corta! Además, arruinó con su ignorancia, lo lindo de la discapacidad. ¡Todas son distintas!

A ver amigo, te falta tanto trecho por caminar. Lo único que pasó por mi mente en ese momento fue, “bueno, no es exactamente lo mismo, yo tengo las dos pero no me sirven”. Pero opté por solo sonreír y callar, no merecía gastar mis energías. La cita siguió, desde ahí no sabría decir si muy bien o muy mal, porque mi cabeza seguía procesando la respuesta. Al terminar, me fue a dejar a casa y al despedirse me dijo, “la pasé increíble, la verdad es que vos me encantás, sos tan interesante. Pero yo soy muy superficial, así que como pareja no se va poder, yo no podría andar con alguien como vos.” En mi vida me habían sido tan directos. Razón por la cual, en vez de mandarlo a freír churros, le dije que estaba bien, que tuviese linda vida. La parte más irónica de toda la historia, es que si de físicos hablamos, él era realmente feo. Era más como que el favor se lo estaba haciendo yo. ¿Quién dijo que las personas con discpacidad no hacíamos obras de caridad?

¡Hasta la próxima con más anécdotas desafortunadas! ¡Amaría que compartan sus historias conmigo! Ya no tengo cómo hacer reír a mi familia y amigos.

Maripaz de La Torre

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