Crónicas de la disCapacidad | VIVENCIAS EN CUARENTENA

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Hace unos días una amiga me pasó un artículo de una surfista con discapacidad, donde hablaba de sobre cómo a los que nos ha tocado pasar días, semanas y hasta meses en un hospital, esto de la cuarentena no nos es tan trágico como a los demás. Y es cierto. Si comparo mi última estadía en el hospital con las cuatro paredes de mi cuarto, el segundo es mucho más acogedor.


Sin embargo, ninguna de mis estadías en hospitales me preparó para lo que sería relacionarme constantemente con mi familia. (Bueno, creo que nadie estaba preparado.) En específico, mi primita menor. Quién es la villana de la triste historia que voy a compartirles.


Preguntas cómo: ¿Y usted nunca va poder caminar? ¿Qué le pasó? ¿Es divertido andar en silla de ruedas? Han sido comunes durante el crecimiento de mis primitas. Es lo normal para cualquier niña llena de curiosidad. Sin embargo, esta cuarentena recibí comentarios para la cuales no estaba preparada.


Me puse como objetivo aprovechar el encierro y compartir mucho más tiempo con mis primas, quienes resultan ser mis vecinas. Cada vez que quisiesen hacer algo, yo aceptaría. Entonces empezamos a pasar más tiempo juntas, y así empecé a recibir comentarios que podían resultar algo fuera de tono, pero divertidos. Por ejemplo, tengo la costumbre de no andar zapatos cuando estoy en la casa (aunque creo que eso es normal hasta en la gente sin discapacidad, ¿correcto?), lo cual llamó la atención de mi primita. Un día no pudo contener más sus pensamientos y me dijo “usted no se pone zapatos porque sus pies no tocan el piso, ¿verdad?”.


Divertido, lo sé. Pueden reírse. Dulce inocencia. Gran análisis.


Otro día estábamos jugando, y mientras ingenuamente pensaba que era la mejor prima mayor del mundo por apuntarme a todos sus juegos, tuve un fuerte golpe de realidad.


- ¿Ahora qué quieren hacer? – pregunté súper animada, sin saber lo que me esperaba.

- ¡Juguemos a escondernos! – hubo una pausa y me volvió a ver - Ah no podemos, Maripaz no puede correr. – respondió con gran decepción en su voz.

Perdón por no poder cumplir con tus estándares de diversión.

- Ay pequeña, creí que te divertías conmigo – le respondí en son de broma para camuflar como se me partía el corazón.

- Sí sí, pero que bueno sería que usted pudiera caminar verdad. ¡Podríamos jugar más cosas! ¡Podríamos andar en bicicleta todas juntas! – respondió mientras ambas nos imaginábamos tan hermosa utopía.


Todo este tiempo erróneamente creí que las entretenía, pero no. ¡Les estaba limitando su diversión! Uno es fuerte, pero no para tanto.


Aun así, la familia es familia y decidí juntar los pedazos de mi corazón y seguir jugando con ellas. Seguir compartiendo juntas era lo más importante; hasta que llegaron los abejones.


Decidieron que iban a capturar abejones de mayo. Desagradable, yo sé. Fue tal el compromiso con esos bichos que hasta un “castillo” de cartón les construyeron para enjaularlos ahí.


Una vez terminado el castillo de los abejones, la menor me llama para que lo vaya a ver, y como mi labor de prima mayor es darles pelota en todo, fui. Error.


Mientras me enseñaba cómo había quedado el castillo y me contaba que ya tenían más de diez pobres criaturas ahí adentro, veo tiradas detrás de la caja de cartón, dos botellas llenas de ramas y hojas.


- ¿Y esas botellas para qué son? – pregunté ingenuamente. Segundo gran error.

- Son para los abejones discapacitados, les conseguimos una botella a cada uno para que estén separados. – contestó con una normalidad que me dejó perpleja.


¡¿ALÓ?! ¡Esta es la muestra más clara de discriminación! Pobres abejones fueron despojados de su derecho de vivir en el castillo con los demás abejones por tener una discapacidad. ¡Una discapacidad que posiblemente fue causada por mis primas a la hora de violentamente atraparlos!


Y aunque en mi cabeza sonaban mil alarmas de ESTO ESTÁ MAL, decidí abogar por la inocencia de una pequeña de 9 años. No tenía malas intenciones, solamente protegían a los “débiles”, me dije a mi misma. Sin embargo, este pensamiento fue abruptamente eliminado de mi cerebro cuando ella tomó una de las botellas donde se encontraba cautivo uno de los “abejones discapacitados”, se dirigió a mi, y al señalar a su víctima, dijo:


- Como este abejón es mujer, pensé llamarla Maripaz. –

Dedicado a mi pequeña Isabella, sos única, te amo.



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